Teresa Olaiz

Nunca había escrito sobre el dolor que sentí cuando me diagnosticaron.

Aún no puedo definir qué es lo que nos hace mujeres: ¿la cultura?, ¿la biología? Cada explicación me parece reduccionista al querer comprender a las otras y a mí. Lo que sí puedo contarles es que un día desperté y ya no me sentí mía. No sé si alguna vez lo fui, porque si algo he observado es que las mujeres solemos ser para otros, no para nosotras. Algo había cambiado. Empecé a sentirme mal. Lo que ahora entiendo como una respuesta a mi contexto antes era una carga. Así es: me dio ansiedad. Después de algunos ataques de pánico, mi cuerpa pedía algo que no había podido darle: calma.

La primera vez que menstrué tenía 15 años, desperté con manchones que daban la bienvenida a los constantes malestares que tendría. Desde entonces, siempre fui irregular: no menstruaba cada mes como las demás mujeres; mis amigas tenían molestias, pero no ausencias. A partir de ahí empecé a sentirme distinta: mi cara llena de acné, mi cuerpo lleno de vello, un carente amor por mí misma y la presión de ser y existir como las demás para ser querida, me afectó. Así es como me recuerdo de adolescente, triste y descuidada.

Nunca había sido la mejor conmigo misma, se pueden imaginar que este no fue mi mejor momento.

Pasaron años, dos doctoras homeopáticas me dijeron: “Es por la edad, pronto mejorará”. Una dermatóloga sentenció: “Si no te arreglas lo de abajo, tu cara no cambiará”. Para entonces, ya no me sentía dueña de mi cuerpa.

Teresa Olaíz
Teresa Olaiz

Retomando la ansiedad —el parteaguas para entender lo que realmente estaba sucediendo—, decidí buscar “ayuda”, que llegó de una ginecóloga hostil que cuestiono mi vida sexual: “¿Eres virgen?”. Virginidad. La nombró así en pleno 2019. Sumémosle que llamó a mi cuerpa “peludo” —no soy un lobo, pensé—. De por si estaba ansiosa por este constante de no sentirme segura, ni conmigo ni con mi familia, y aun así tuve que acostarme en la camilla y ser observada como un insecto para escuchar: “Tienes Síndrome de Ovario Poliquístico”. Salí con más dudas que respuestas y ahí comenzó mi duelo. Saberme enferma o, más bien, “no sana”, una mujer incompleta, una mujer que no sangra y que la cuerpa le falla, entre muchas otras cosas más, fue el dolor más grande, lo que provocó la ruptura de creencias y aprendizajes que por mucho tiempo interpreté como mi realidad y la de otras.

"El dolor que sentí nunca lo olvidaré". Teresa Olaíz
«El dolor que sentí nunca lo olvidaré». Teresa Olaiz

No se si me dolió más la cuerpa o el corazón. Empecé mi terapia. Me dio culpa y vergüenza sentir que no era una mujer de las bonitas, de las inteligentes, de las deseadas, de las divertidas, de las capaces, de las saludables… el epítome de mi desamor se dibujó cuando me diagnosticaron.

Quiero agregar que viví una sintomatología exponencial, nada comparado con el solo hecho de no menstruar: dolores de cabeza, sangrados de 10 días, náuseas, neblina mental, entre muchos otros. Bastaron tres días de este tratamiento para rendirme y escribirle a la ginecóloga, sólo para recibir un «aguántate”, doloroso y poco objetivo, pues toda la vida me la he pasado aguantando. Decidí dejarla y probar con alguien más.

Mi mamá tiene una amiga “doctora” que trabaja con muertos que tampoco entendió ni mi contexto, ni mis necesidades. Mi sintomatología seguía igual. Ahora despertaba cansada, adolorida, triste, ansiosa, me sentía decepcionada e inflamada todos los días. Los anticonceptivos, acompañados por una depresión y ansiedad generalizada (también diagnosticada), hicieron de mi encierro pandémico una de las experiencias más significativas, pues conocí a mi actual pareja, a quien escondí mi sentir, pensando que todo lo que he contado me hacía menos merecedora.

Me di cuenta que constantemente recibía comentarios como: “no te vas a embarazar”, “tu cara lastimada”, “estás subida de peso”, “tus gatos te van a hacer abortar”, “seguro tomaste mucho refresco”. Comentarios cargados de ignorancia. Batas blancas que podían decir las cosas más dolorosas y revictimizantes.

No es que antes no haya experimentado la culpa, pero en esta ocasiónpesaba más, pues mi cuerpa me gritaba a través de señales: mi vientre se vistió con unas raíces rojas que se prendían ante cualquier situación de estrés. Ya no era la misma, así que decidí dejar el tratamiento, ya que con o sin él, seguía siendo miserable. Después de incontables días decidí qué tal vez, y sólo tal vez, la operación sería la respuesta. Pensé: “no tengo que lidiar con ovarios, si no tengo”.

Para entonces, la doctora Mariana Robles Mejía estaba en mi radar. Le envié un mensaje claro: “¿qué hago para que me quiten los ovarios?”. Le conté mi historia y ella contestó: “Te apuesto mi brazo izquierdo a que tienes resistencia a la insulina”.

Unos días después la visité, y a partir de ahí mi vida cambió: ya no pensé que no podría gestar o maternar, ya no pensé que era menos mujer. Se cayeron varias creencias que a veces se levantan como fantasmas en la actualidad, pero que ahora enfrento con muchos cuestionamientos y que alumbran lugares que experimento y de los que aprendo desde la compasión, herramienta que me brindó la terapia y el feminismo. El feminismo le dio sentido a mi vida, un pensamiento vivo, congruente con lo que soy y pienso.

Comencé con mi medicación, suplementos y estudios, que me recordaban constantemente lo imperfecta y humana que era y sigo siendo. De ahí empezaron los años más laboriosos a nivel mental y físico, empecé a reconfigurar mi existencia.

A la fecha, sigo trabajando en mí. Me parece curioso cómo construí esta narración, como si de una línea del tiempo se tratara, tuve que recordar cada momento. Espero haber reflejado lo mucho que sentí en este proceso.

En este relato me atraviesan la medicina patriarcal reproducida por mujeres, la salud mental en las niñas y adolescentes, la salud sexual y reproductiva, la autonomía corporal de las niñas y mujeres, el rezago médico ante un cuerpo sexuado de mujer, el patriarcado como obstáculo para nuestro desarrollo… y, desde luego, un montón de privilegios. Me sostengo de mujeres que han creído en mí: mi psiquiatra, mi terapeuta, mi médica general, mi mamá y mis amigas. Este ensayo nace de una cuerpa que aprendió a escucharse, que fue nombrada desde la enfermedad y que hoy se nombra desde la resistencia. Es una apuesta por la palabra como medicina y por el feminismo como refugio.

"El SOP me visita todo el día". Teresa Olaiz
«El SOP me visita todo el día». Teresa Olaiz

Una respuesta a «Entre la biología y el patriarcado»

  1. Tere gracias por compartir y transmitir un poco de tu vida y la resiliencia que tuviste que tener ante una sociedad que te ha fallado, (que nxs ha fallado) y que al mismo tiempo me da mucho gusto saber que hoy cuentas con una red de apoyo que puede sostenerte y que gracias al feminismo todxs tenemxs un poquito de fé en la vida. Que bueno que ahora te puedas ver y reconocer por el simple hecho de ser aunque ésta es una lucha constante con unx mismx. te mando un fuerte abrazo 🥹❤️‍🩹🫰🏽

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