Tania Fernández De Toledo

Evocar a Edgar Morin hoy es simultáneamente, una luz de gratitud y de asombro. Nos ha dejado a los casi 105 años un hombre que no solo atravesó un siglo convulso de historia, sino que nos enseñó a comprenderlo en toda su indomable complejidad. Su partida nos deja huérfanos de su presencia física, pero nos lega una brújula intelectual y ética indispensable para los tiempos que corren.

Mi propio hilo con Edgar comenzó a tejerse durante una época de especial efervescencia intelectual: los años del mandato de Federico Mayor Zaragoza como Director General de la UNESCO. Fue desde esa tribuna global donde se contribuyó de manera decisiva a debatir, expandir y universalizar el pensamiento complejo, ese formidable armazón filosófico que Morin forjó para rescatarnos del reduccionismo y recordarnos que todo en el universo —la vida, la sociedad, la ciencia— está profundamente interconectado.

Su mente, siempre inclinada hacia la acción y el compromiso, era constantemente requerida para transformar las aulas en laboratorios del porvenir. Tanto la UNESCO como el Ministerio de Cultura francés recurrieron a él para diseñar proyectos educativos que preparasen a las nuevas generaciones para las incertidumbres del mañana. De ese esfuerzo colectivo nació una obra cumbre, imprescindible para pedagogos de todo el mundo: Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, publicada con un premonitorio y lúcido prefacio del propio Federico Mayor.

La última vez que tuve la fortuna de verle fue durante la celebración de su centenario. El homenaje tuvo lugar, como no podía ser de otra manera, en la Sede de la UNESCO en París, arropado por figuras como la alcaldesa Anne Hidalgo y la Directora General Audrey Azoulay. Aquel día Edgar subió al estrado y, durante más de una hora, nos regaló una oratoria impecable: fluida, apasionada y rebosante de lucidez. Sin un solo papel de apoyo, sin nota alguna, sostenido únicamente por la fuerza de su mente centenaria, enlazó el pensamiento complejo con las heridas y desafíos de la situación geopolítica actual. Fue un despliegue de pura, insobornable genialidad.

Su generosidad intelectual y su pasión por la escritura no conocieron el descanso. Siguió publicando con regularidad en Francia y en España, analizando el mundo sin pausa hasta que una última crisis de salud lo detuvo. Su compromiso humano era de tal calidad que, hallándose ya ingresado en el hospital, sacó fuerzas para escribirme cuando le solicité su contribución al Amicorum Liber en homenaje a su querido Federico. Era así: incapaz de abandonar a sus amigos, incapaz de abandonar las ideas.

Escuchar a Edgar Morin era una delicia y una lección de vida al mismo tiempo. Su palabra, siempre entusiasta y vívida, convivía de manera natural con una profunda indignación ante las injusticias del mundo y la miopía de sus gobernantes. Conservó hasta el último suspiro la rebeldía ardiente de la juventud y la serenidad sabia de los grandes maestros.

En una ocasión, Morin empleó una frase luminosa para definir a Federico Mayor Zaragoza: era, dijo, un hombre “a la altura de los más grandes espíritus del mundo contemporáneo”. Hoy, con el corazón encogido pero lleno de gratitud, nos toca devolver esas mismas palabras hacia quien las pronunció. Buen viaje, querido Edgar. Tu pensamiento seguirá iluminando el laberinto del futuro.

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