¿Cuántas veces hemos escuchado la típica frase de «¡Qué bien viven los profesores, ahora dos meses de vacaciones!»? Pero ¿y si te dijera que muchos de nosotros aprovechamos este tiempo para seguir formándonos y crecer tanto personal como profesionalmente?
Soy fiel creyente de que la adquisición de un idioma como segunda lengua extranjera es imposible sin comprender antes la cultura que lo sustenta.
Como bien explicaba Yuri Lotman en El universo de la mente, la lengua forma parte de una semiosfera mucho más amplia: la cultura. Aprender un idioma no consiste únicamente en memorizar estructuras gramaticales o ampliar vocabulario; implica también comprender nuevas formas de pensar, diferentes códigos sociales y otras maneras de interpretar el mundo.
Por este motivo, la lectura de los clásicos y de la literatura siempre ha ocupado un lugar esencial en mis clases. En particular, las obras de Jane Austen, una escritora inglesa que, más de dos siglos después de publicar sus novelas, continúa siendo un referente en pleno 2026. Sus personajes, sus conflictos y su manera de retratar la sociedad siguen invitándonos a reflexionar sobre cuestiones plenamente actuales.
Con esta idea decidí dedicar parte de mi verano a viajar hasta el condado de Hampshire, en el sur de Inglaterra. Mi objetivo era sencillo: conocer de primera mano los lugares donde vivió Jane Austen para comprender mejor el contexto que dio vida a sus novelas y poder trasladar esa experiencia a mis alumnos. Porque hay algo que he aprendido durante estos años como docente: no es lo mismo enseñar un contenido que haberlo vivido.
Mi primera parada fue Alton, una pequeña localidad que conserva la esencia de la campiña inglesa. Pasear por sus calles y hablar con su gente fue el primer paso para entender que los escenarios de las novelas de Jane Austen no son fruto de la imaginación, sino el reflejo de una realidad que todavía puede respirarse. Mientras caminaba por aquellos lugares, no podía evitar pensar en cuántas veces, desde nuestras aulas, presentamos la literatura como algo desconectado de la vida real, cuando en realidad nació precisamente para explicarla.

Desde Alton llegué a Chawton, un lugar imprescindible para cualquier amante de Jane Austen. Allí se encuentra la casa donde escribió y revisó algunas de sus obras más importantes. Además, tuve el privilegio de alojarme en Cassandra’s cottage, enfrente de la misma casa familiar, era un sueño hecho realidad: pasear por Chawton house, el lugar que inspiró a Jane Austen a crear Mansfield Park y cruzar la puerta de su casa familiar fueron como entrar en las páginas de sus novelas.
Recorrer las habitaciones donde escribió, contemplar el pequeño escritorio donde trabajaba y visitar la biblioteca especializada me hizo comprender que detrás de cada libro existe una historia que rara vez aparece en los manuales.


A menudo pedimos al alumnado que lea una obra literaria, pero pocas veces les mostramos quién había detrás de esas páginas. Descubrir el entorno de Jane Austen me recordó la importancia de humanizar la literatura. Cuando un estudiante entiende que un escritor fue una persona real, con inquietudes, dificultades y sueños, la lectura deja de ser una obligación para convertirse en una experiencia mucho más cercana.
Sin embargo, si hubo un lugar que terminó de dar sentido a todo el viaje fue Winchester. Allí pasé varios días recorriendo la ciudad, visitando la catedral donde descansa Jane Austen, asistiendo a actividades organizadas por especialistas, gracias a la amabilidad del doctor Gary Farnell de la universidad de Winchester, y teniendo la oportunidad de conversar con personas que llevan años dedicando su vida al estudio de la literatura inglesa.


Aquellas conversaciones me hicieron reflexionar sobre algo que, como profesores, a veces olvidamos: nuestra formación nunca termina. Igual que pedimos a nuestros alumnos que mantengan la curiosidad y las ganas de aprender, nosotros también tenemos la responsabilidad de seguir haciéndolo. No para acumular títulos o certificados, sino para regresar al aula con una mirada renovada.
Muchas veces asociamos la innovación educativa a nuevas metodologías o al uso de herramientas digitales. Sin embargo, este viaje me hizo comprender que también se puede innovar volviendo al origen de aquello que enseñamos. Conocer los espacios, la historia y la cultura que hay detrás de una obra literaria transforma completamente la forma de explicarla.
Mientras recorría Winchester pensaba continuamente en mis clases. Imaginaba cómo podría transmitir a mis alumnos la emoción de descubrir aquellos lugares, cómo una simple fotografía podía convertirse en el inicio de una conversación sobre la Inglaterra del siglo XIX o cómo una anécdota vivida durante el viaje podía despertar la curiosidad por una novela que, hasta ese momento, les parecía lejana.
Y entonces comprendí que la cultura no es un complemento del aprendizaje de una lengua; es el aprendizaje mismo. Podemos enseñar cientos de palabras nuevas, explicar estructuras gramaticales o practicar la pronunciación durante horas, pero si no ayudamos a nuestros alumnos a entender la sociedad, las costumbres y la forma de pensar de quienes hablan ese idioma, siempre faltará una parte esencial del proceso: con los clásicos, a pesar de que sean adaptados, hacemos que los alumnos mejoren su adquisición de manera indirecta.
Precisamente por eso creo que viajar, leer, visitar museos, recorrer bibliotecas o hablar con personas de otras culturas también forma parte de nuestro trabajo como docentes. Todo aquello que vivimos fuera del aula acaba entrando en ella de una forma u otra. Cada experiencia se convierte en un ejemplo, una explicación, una historia o una pregunta capaz de despertar el interés de nuestros estudiantes.
Regresé a España con la maleta llena de libros, fotografías y recuerdos, pero, sobre todo, con una enorme ilusión por compartir todo lo aprendido con mi alumnado. Porque estoy convencida de que la mejor formación de un profesor no siempre se encuentra en un curso o en un manual. A veces está en un paseo por una ciudad desconocida, en una conversación inesperada o en la emoción de descubrir lugares tan clave para una de las escritoras más importantes de la literatura inglesa.
Así que, la próxima vez que alguien diga aquello de «qué bien viven los profesores en verano», quizá merezca la pena responder que sí, que descansamos, pero que también seguimos aprendiendo. Porque enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Enseñar también significa mantener viva la curiosidad, seguir descubriendo el mundo y regresar al aula con nuevas historias que inspiren a nuestros alumnos.
Y si algo me enseñó este viaje de Alton a Winchester es que, a veces, las mejores lecciones no se encuentran entre las cuatro paredes de una clase, sino en aquello que vivimos fuera de ella.












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