Alejandro González Calderón
CAMINO AL CADALSO
Preguntan que por qué
profané lo más sagrado,
que por qué me afané
en derruir tantas certezas:
porque prefiero dormir al raso
sobre tres o cuatro dudas más honestas.
Preguntan que a quién acudiré
cuando no me queden más que cielo y tierra:
yo no sé sembrar amor en amor mal entendido,
por eso elijo arar en soledad mi huerta.
Pero no bastará el silencio
cuando no queden más preguntas.
Me acusarán
y me prenderán,
para algazara de aves carroñeras,
que atraídas por la carnaza
comerán de la mano del falsario,
pero aunque las huellas de mi apellido
agonicen bajo el sol de la vereda,
mis pies subirán tranquilos
los peldaños del cadalso.
Me llamarán verdugo y traicionero,
¡aun cuando cortaría mis venas para alimentar sus campos!…
pero antes de que mi sangre
riegue los recodos del tablado,
veré asomar a las amapolas
que crecen libres sobre los tejados.

SACRIFICIO
Desperté de mi insomnio,
oyendo el rumor de mis gotas de rocío,
me ahogaba en una espiral
de mundanal autocastigo,
el agua en torno a mí estancada
mudaba en ruin delirio,
pero respiré de la flor marchita
y llegué una vez más al muladar maldito.
Allí aguardaban aún las bestias,
de carmesí sus morros teñidos,
millares de ojos y alas negras
me susurraban bienvenido,
hinqué mi orgullo ante su presencia,
sin dudar les ofrecí mi sacrificio,
pero tras mirarme con clemencia
volaron a la llamada de los oniros.
Entonces vi sangrar al espino blanco
y brillar el faro del nido vacío,
cuya luz se vierte en la oscuridad
de este tejado derruido;
he guardado esta corona
hecha con despojos
que no han querido,
con ella yo mismo
entrono a mi pretérito,
haciendo honor al dolor sufrido.
RESURRECCIÓN
“Yo me levanté de mi cadáver. Yo fui en busca de quien soy.”
Alejandra Pizarnik
Junto al cadáver
de mi inocencia fui consciente,
de que estoy llamado a ser lo que soy
en respuesta a lo que creen que debo ser.
Y en la hoguera de su dictamen
abracé las llamas de mi incertidumbre,
porque comprendí que mis cenizas
abonarían el camino a la certeza.
Y no estaba equivocado.
Me erguí del barro como Lázaro
con el auxilio de mis propias manos,
cincelé heridas que no eran mías
sobre la piel de mi propia losa,
no mintieron cuando dijeron que la vida
se erige sobre las ruinas del dolor,
pero yo no haré pedazos todo lo que quiero
en busca de la verdad escurridiza de las cosas.
Ahora decidles,
que ansío una corona
tanto como ansío sus cadenas,
y que si mi mirada permanece serena
es porque su condena no es mi designio,
que el siervo codicia las migajas
solo cuando la costumbre es el vacío,
y que no arderán más sus almenaras
aunque anochezca en mis dominios.
Sé que dirán que como poeta
no soy más que cántaro de tristezas,
pero sepan que soy
tan heraldo de esperanzas
como embajador de mis miserias,
más allá de esta coraza
ostento el laurel de cada sutura;
en esos jirones de lágrima desnuda
es donde dejo madurar mi esencia.

LA OFRENDA
En busca de tu silueta
escrute la niebla demasiado tiempo,
creyendo a veces vislumbrarla
tras las ramas del pasado abyecto,
pero fue en el viento en contra
que finalmente hallé el aliento
para avivar las llamas del futuro incierto
hasta cremar todos tus huesos.
Y heme aquí arrodillado,
tras subir la loma de sueño ceniciento,
mientras llueve sobre las cenizas
de todo aquello que creí eterno;
he ofrendado a la tormenta
la osamenta de tu recuerdo,
y tras pesar la pluma y su corazón,
a mi pesar pero por fortuna
nuestro amor salió perdiendo.
JHATOR
Contemplo por un momento
las aspas de mi tiempo detenidas,
sobre un horizonte de cuervos
cubiertos de fuego a la estampida,
en mis manos el dolor
condensado en ríos de tinta,
en mi pecho los estragos
de una candela ensombrecida.
Y aunque las sombras mengüen
en la brisa de esta primavera atardecida,
temo que la ruina lleve a pique
esta psique embravecida,
que una vez más la turbiedad
siga impidiendo mi zambullida
hasta que esas sombras sobre mi cabeza
enarbolen la señal de su conquista.
Pues he sido devorado por esas bestias
en más de una y mil ocasiones,
pero en cada una bajo sus despojos
quedaron restos de corazón,
los cuales sembré en estos eriales
sediento de averiguar mi nombre,
y averigüé que no recuerdan que es la sed
aquellos cuyo ser el desierto acoge.
Por eso hoy solo siembro lealtad
en aquellos que en mi se reconocen,
aprendí que la bondad no crece
en tierra yerma de valores,
pero que sus tallos se erigen altos,
más altos que la propia falsedad,
cuando la humildad hunde sus raíces
allí donde la verdad se esconde.
Y así fue como sin buscarla
la encontré en la más pura de las miradas,
y en su reflejo mis ojos secos
lubricados en letra ensangrentada,
nacida de todas las puñaladas
que un día cayeron sobre mi espalda
y de las que forjaré una eterna rúbrica
antes de expirar esta existencia aciaga.
Pero soy consciente de este vivir,
tan inexorable como mezquino,
y aun así abriré las puertas de mi templo
a la locura si es preciso,
para que mi suplica haga el camino
hasta los pies de lo divino,
y mi proclama clame a gritos
a las puertas del Olimpo;
¡Auspiciad mi tránsito finito
sobre las hirvientes arenas de mi tiempo,
pero dejad que mis pies ennegrecidos
hablen de la voluntad de quien pisó esta tierra!
Y si mi cuerpo encuentran
sobre el limbo lívido
y mi hora llega quiero que sepan;
¡que mis restos pertenecen
a esas bestias que me sobrevuelan!







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