Claudia Otal Acero

Cuando iba al cine de pequeña, me dejaba arrastrar por el imaginario que la pantalla mostraba. Al salir, siempre jugaba adoptando el rol de quien anhelaba ser, quien la película me enseñaba que era una buena chica, la chica deseada.
En el recreo mis amigas y yo siempre peleábamos para ver quien hacía de quien cuando recreábamos escenas de nuestras series o películas favoritas. Seguro que tú también lo recuerdas.

De niña soñaba con ser rubia y tener los ojos grandes y más claros.
De adolescente quería una nariz más pequeña y unos pechos más grandes, como si mi cuerpo siempre estuviera incompleto.
A los 14 años empecé a usar ropa más ajustada y corta, convencida de que “el poder de una mujer se basa en su belleza”. Paradójicamente yo decía ser feminista.

Con 17 vi Euphoria. Me impactó: adolescentes como yo lidian con problemáticas tales como la adicción a sustancias, autoestima, problemas mentales y relaciones con abuso y maltrato. Creí que estaba frente a una serie crítica, incluso feminista. Hoy con 21 años, la miro con otros ojos: escenas de abuso y sexo explícito entre personajes menores de edad aparecen como espectáculo, sin contexto ni denuncia real. Violencia envuelta en un feminismo vacío y comercial. Esto que cuento no es una excepción, es la norma.

Hace poco, en redes sociales, me encontré con el término en inglés: male gaze. Descubrí que lo acuñó en 1975 la teórica y cineasta británica Laura Mulvey, en un ensayo que desmontaba los cimientos del cine clásico.
Me impresionó pensar que aquello que yo vivía desde niña, ella ya lo había descrito décadas antes: que las películas nos enseñan a mirarnos, comportarnos y a desear como lo haría o querría un hombre. Esta teoría no se ha quedado desfasada y lo que describe lo podemos identificar en películas de hoy en día.

En el documental Brainwashed: Sex Camera Power de Nina Menkes, con la aparición de Laura Mulvey, un grupo de especialistas analizan el cine actual y clásico con mucha dimensión, partiendo del ensayo original de 1975.
Desde el diseño de las escenas, hasta la violencia sexual y discriminación laboral, especialmente en la industria cinematográfica.
En el documental Nina Menkes, la directora, nos muestra el siguiente triángulo, que conforme avanza el documental va cobrando más sentido las conexiones que presenta:


Lenguaje visual del cine. Fuente: Claudia Otal
Lenguaje visual del cine. Fuente: Claudia Otal


El planteamiento comienza comprendiendo lo que significa la “cosificación de la mujer” desde el análisis sintáctico de una frase simple para comprender la diferencia entre sujeto y objeto:

El gato se come al ratón. Fuente: Claudia Otal
El gato se come al ratón. Fuente: Claudia Otal


El “gato” es el sujeto y el “ratón” es el objeto o complemento directo, la acción recae sobre el ratón. Lo mismo pasa si cambiamos la frase a: El hombre está viendo a la mujer. Este mismo ejemplo expone Laura Mulvey para describir la manera básica de retratar la mujer en el cine.

De esta manera en el documental desglosan y explican los principales vértices de esta violencia aparentemente invisible pero penetrable para el inconsciente.
Cómo desde pequeños nos educan la vista sin pararnos a cuestionar, y como el imperio de Hollywood se construye en base a esta discriminación, disfrazándola a veces de un feminismo demagogo. Una maniobra común es presentar mujeres protagonistas en roles tradicionalmente masculinos, como si eso bastara para revertir siglos de estereotipos.

Menkes ilustra que una película sobre una prostituta puede ser más empoderadora que una sobre una mujer que dirige un monopolio, dependiendo de la perspectiva narrativa: qué se muestra, qué se omite, qué iluminación se utiliza, qué planos se eligen. No se trata del rol en sí, sino de cómo está narrado.

Aunque el documental se centra en el cine, es inevitable extender la reflexión a otras industrias culturales: la música, la literatura, las redes sociales. Allí también encontramos este “male gaze” disfrazado de liberación femenina, pero que en realidad sigue reproduciendo la misma mirada.

Reconocerlo cambia la forma en que vemos. No se trata de dejar de mirar cine o series, sino de aprender a identificar desde dónde están contadas esas historias y qué mirada nos están imponiendo. Quizás el desafío de nuestra generación sea dejar de mirarnos con los ojos de otro y empezar a imaginar desde los nuestros.

Por ello inauguro “Female Gaze”, un apartado donde exponer y dialogar sobre obras que desafíen lo estandarizado: arte creado desde la mirada femenina.

Este mes quiero recomendar un libro: Animales pequeños, de Mercedes Duque Espiau. Una obra en la que Rita, la protagonista, nos narra cómo sus vínculos y su identidad se van resquebrajando y transformando. Duque Espiau da protagonismo a lo imperceptible, aquello que a veces pasa inadvertido, con un uso del lenguaje que te enreda y no te suelta.

Libro Animales Pequeños. Fuente: Claudia Otal
Libro Animales Pequeños. Fuente: Claudia Otal

La autora capta con delicadeza la complejidad y la belleza de los vínculos sororales en el comienzo de la vida adulta. Con naturalidad y firmeza, nos sumerge en situaciones conflictivas y cotidianas, que por momentos parecen un ensayo sociológico sin academicismos.

Rita comparte una mirada crítica y, en ocasiones, cómica. Te dejas arrastrar por su caos, con la sensación de que Rita es una persona viva que habita en nosotras de alguna manera. El libro termina, pero a ella te la imaginas siguiendo el cauce de un nuevo río.

2 respuestas a «Male Gaze»

  1. Avatar de Olga Acero Baquedano
    Olga Acero Baquedano

    Fan

  2. Avatar de Olga Acero Baquedano
    Olga Acero Baquedano

    Estupenda reflexión, sobre un tema recurrente en el cine y la literatura, aunque también en todos los ámbitos de la sociedad. Felicidades Claudia!

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