Albeyra Rodríguez y Elizabeth Coriano
Introducción
En un país donde la cultura ha sido históricamente subestimada por las estructuras de poder, existen figuras que la han defendido con cuerpo, alma y convicción. Ana Iris Torres Torres, presidenta del Centro Cultural Carmen Solá de Pereira de Ponce, es una de ellas. Su vida es testimonio de cómo la memoria, el arte y la educación pueden convertirse en herramientas de transformación social.
Este artículo, basado en una entrevista profunda realizada el 20 de septiembre de 2025, reconstruye su legado y lo entrelaza con el análisis del rol de los centros culturales como espacios de resistencia, inclusión y desarrollo humano.
Una vida dedicada a la cultura
Ana Iris Torres Torres nació en Ponce, Puerto Rico, y desde temprana edad mostró una profunda inclinación por las artes escénicas, el baile y la organización de actividades culturales en su entorno escolar. Esta vocación se consolidó durante sus años como estudiante en la Universidad de Puerto Rico, cuando se ofreció como voluntaria para colaborar en una asamblea plenaria del Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) —corporación pública fundada en 1955, dedicada al estudio, conservación, divulgación y enriquecimiento de la cultura puertorriqueña.
Durante esa asamblea, fue identificada por el Dr. Ricardo E. Alegría Gallardo, fundador y entonces director ejecutivo del ICP, quien reconoció su compromiso y capacidad organizativa. Fue él quien la motivó a tomar el examen de servicio público de OCAP (Oficina Central de Administración de Personal). Ana Iris aprobó el examen con la puntuación más alta entre 18 aspirantes, lo que marcó el inicio de una carrera profesional de 31 años en el Instituto.
Durante su trayectoria en el ICP, trabajó en el Programa de Promoción Cultural para los Pueblos, una iniciativa que buscaba descentralizar la cultura y llevarla más allá del área metropolitana. Este programa fue clave para la creación y fortalecimiento de centros culturales en los municipios, liderados por voluntarios comprometidos con el desarrollo artístico, la educación comunitaria y el fortalecimiento de las relaciones culturales entre pueblos.
Tras su retiro del servicio público, Ana Iris asumió la presidencia del Centro Cultural de Ponce, donde ha trabajado voluntariamente por más de una década. Bajo su liderazgo, el centro se ha convertido en un espacio de vida, educación, sanación y encuentro intercultural, atendiendo tanto a la comunidad local como a visitantes internacionales.

El Centro Cultural como espacio de vida
Para Ana Iris Torres Torres, el Centro Cultural Carmen Solá de Pereira de Ponce no es simplemente un edificio: es un espacio de vida, de encuentro, de sanación. “Aquí se salvan vidas”, afirma con lágrimas en los ojos, evocando el caso de una joven que llegó buscando un lugar para suicidarse y encontró en el arte una vía para reconstruirse. A través de una libreta y un lápiz, y gracias a la sensibilidad de un profesor que la invitó a entrar al centro cultural, aquella joven transformó su dolor en creación. Eventualmente, vendió todas sus obras en una exposición colectiva en un evento por iniciativa de Ana Iris celebrada en el centro cultural, y frente a sus padres —quienes desconocían su situación— dio testimonio de cómo el arte le salvó la vida.
Este tipo de historias no son excepcionales en el centro. Ana Iris ha orientado a estudiantes de arquitectura, artistas plásticos y artesanos, brindándoles no solo información técnica, sino también apoyo emocional y espiritual. Su enfoque es holístico: escucha, acompaña, guía. Incluso durante la pandemia, cuando muchos espacios cerraron sus puertas, ella decidió abrir el centro para ofrecer espacio a turistas. Les brindó comida, espacio limpio, compañía y consuelo. “Yo les di calidad de vida”, dice con convicción.
Su compromiso va mucho más allá del horario. Llega a las 7:15 a.m. y se retira al caer la noche. Atiende delegaciones internacionales, organiza talleres, gestiona alianzas, pinta paredes, limpia espacios, siembra jardines, y busca recursos por iniciativa propia. Todo sin salario. Todo por amor. “Aquí se trabaja sin recursos, pero con mucha voluntad”, afirma. Su entrega diaria es una manifestación de resistencia cultural, de fe en el poder del arte y de profunda vocación de servicio.

Centros culturales: espina dorsal del desarrollo
Los centros culturales en Puerto Rico, adscritos al ICP, funcionan como extensiones comunitarias de esta agencia estatal, desempeñando un papel vital en la promoción y preservación de la cultura local. Estos espacios fomentan la artesanía puertorriqueña, presentan obras literarias de escritores locales, organizan exposiciones de artistas plásticos y conmemoran eventos históricos significativos para sus respectivos municipios (Alegría, 1978, p. 206). Además, tienen la capacidad organizativa para intervenir en la protección del patrimonio cultural, incluyendo la paralización de demoliciones ilegales de estructuras históricas, lo que los convierte en guardianes activos de la memoria colectiva. Torres Torres lo resume con contundencia: “Somos la espina dorsal del Instituto. Trabajamos para el mundo”.
A nivel internacional, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) reconoce que los museos y centros culturales son “espacios de transmisión de valores culturales que conservan y difunden el patrimonio, invitan al conocimiento de otras culturas, promocionan la diversidad cultural y refuerzan la participación y la identidad de la comunidad donde se ubican. Sin olvidar que, además, son activos del sector cultural que contribuyen a las inversiones, a los beneficios económicos y a la generación de empleo” (UNESCO, 2012, p. 2). En contextos de vulnerabilidad, estos espacios se convierten en refugios, escuelas, laboratorios de creatividad y plataformas de empoderamiento comunitario.
Resistencia femenina en espacios patriarcales
Ana Iris Torres Torres ha enfrentado múltiples desafíos por el hecho de ser mujer en un entorno dominado por hombres. Desde sus primeros años en el ICP, tuvo que demostrar constantemente que su conocimiento y capacidad eran igual o superior al de sus colegas masculinos. Artistas plásticos y artesanos solían dudar de sus orientaciones, cuestionando su autoridad y experiencia. Sin embargo, ella respondía con firmeza, sabiduría y una convicción profunda en su propósito.
“Siéntate y mírame a los ojos. Yo no te estoy mintiendo”, les decía a quienes dudaban de ella. Su liderazgo no se impuso por fuerza, sino por estructura, inteligencia emocional y compromiso. Ana Iris estudia cada caso, cada necesidad, cada proyecto. Su orientación no es improvisada, sino fruto de años de experiencia, sensibilidad y entrega.
En su relato, se evidencia cómo la invisibilización de las mujeres en espacios culturales no solo es institucional, sino también interpersonal. “Los hombres querían saber más que la mujer”, afirma. Pero ella se enfrentó a esa dinámica demostrando que las mujeres pueden dirigir instituciones culturales con excelencia, sensibilidad y visión estratégica. “Nosotras las mujeres somos empoderadas y no tenemos barreras para luchar”, declara con orgullo. Su historia es ejemplo de cómo la resistencia femenina ha sostenido el tejido cultural del país.

Educación, arte y espiritualidad como pilares
El enfoque de Torres Torres integra educación, arte y espiritualidad, convirtiendo el Centro Cultural en un espacio de formación integral. Su orientación a artistas y participantes se basa en una perspectiva holística que aborda dimensiones emocionales, prácticas y éticas. “Si tú no te amas, no puedes amar a los demás. Cuando tú tengas esa seguridad, tu arte va a correr”, les dice con convicción.
Esta visión del arte como herramienta de sanación se refleja en los testimonios de quienes han pasado por el centro: jóvenes en riesgo, adultos mayores, personas en duelo o en búsqueda de propósito. Todos encuentran allí una oportunidad para aprender, crear y sanar, lo cual resulta especialmente valioso en tiempos de crisis social y emocional. Ana Iris ha promovido talleres de pintura, danza, literatura y artesanía como medios para fortalecer la autoestima, canalizar emociones y fomentar el sentido de comunidad.
Impacto internacional y comunitario
El Centro Cultural Carmen Solá de Pereira no solo atiende a la comunidad local. Bajo la dirección de Ana Iris Torres, el centro se ha convertido en un punto de encuentro para visitantes de Estados Unidos, Inglaterra, España, Portugal y otros países. Su visión trasciende las fronteras geográficas: “Yo no trabajo para Ponce, trabajo para el mundo”, afirma con convicción. Esta frase resume su enfoque inclusivo, humanista y global, que ha convertido al centro en un espacio de diálogo intercultural y de hospitalidad extendida.
Durante la pandemia, cuando muchas instituciones cerraron sus puertas, Ana Iris decidió abrirlas. Recibió y atendió a turistas atrapados en Puerto Rico, ofreciéndoles no solo un lugar físico, sino también dignidad, consuelo y calidad de vida. En sus palabras, “yo les di felicidad”. Este gesto, lejos de ser anecdótico, revela una ética de servicio profundamente arraigada en su liderazgo.
Además, Ana Iris ha establecido alianzas estratégicas con organizaciones como la Fundación Flamboyán, que apadrina iniciativas como la creación de Centros de Respuesta Cultural. Estos espacios —entre ellos el Centro Cultural Carmen Solá de Pereira— han sido capacitados y equipados con infraestructura para atender las necesidades de la comunidad en momentos de crisis. Esto incluye desde servicios esenciales hasta programación artística que promueve el bienestar emocional y la cohesión social.
Gracias a estas alianzas, el centro no solo preserva la cultura, sino que también responde activamente a emergencias sociales, convirtiéndose en un modelo de resiliencia comunitaria.

La cultura como resistencia cotidiana
Ana Iris ha enfrentado la invisibilización institucional, la falta de recursos, el abandono gubernamental y la indiferencia social. Sin embargo, nunca ha dejado de luchar. “El miedo no puede estar. Tiene que ser uno: atrevido”, afirma con la convicción de quien ha vivido cada palabra.
Su resistencia no se manifiesta en grandes discursos, sino en gestos cotidianos que, acumulados, construyen una revolución cultural silenciosa. Abrir las puertas del Centro Cultural de Ponce todos los días, incluso en medio de la pandemia, fue un acto de valentía. Atender a turistas varados, limpiar espacios, sembrar jardines, pintar paredes, organizar talleres, compartir libros personales con estudiantes, orientar artistas en crisis emocional, y apoyar a otros centros culturales debilitados: cada acción es una afirmación de que la cultura importa.
Ana Iris no espera que las instituciones hagan el trabajo. Lo hace ella, con sus propios recursos, tiempo y energía. “Yo no necesito un capital para hacer”, dice. Su gestión se basa en la creatividad, la solidaridad y la fe en el poder transformador del arte. Ha viajado por toda Puerto Rico, muchas veces sola, para capacitarse, formar alianzas y buscar soluciones. “El puente lo pone uno”, repite como mantra.
En la segunda parte de este reportaje, nos adentramos en las raíces que han inspirado la trayectoria de Ana Iris Torres Torres, exploramos sus aportaciones a la sostenibilidad del centro cultural y descubrimos los elementos de la tradición puertorriqueña que ha luchado por preservar. Conoceremos el papel que la música ha desempeñado en su vida, sus contribuciones como mujer a la sociedad, el mensaje que desea compartir con las mujeres de hoy y, finalmente, cómo quiere ser recordada por las generaciones futuras.
Conclusión: El legado de Ana Iris Torres Torres
La historia de Ana Iris Torres Torres es testimonio de cómo una sola persona puede transformar una institución, una comunidad y muchas vidas. Su trabajo en el Centro Cultural Carmen Solá de Pereira de Ponce encarna el poder de la memoria, la cultura y la resistencia femenina. Torres Torres representa un modelo de liderazgo que es estructurado, valiente y profundamente humano. “Nosotras podemos masticar chicle y pensar”, afirma con humor, pero con una verdad poderosa: las mujeres pueden asumir múltiples responsabilidades, pensar estratégicamente y transformar realidades.
Su trayectoria ejemplifica cómo la resistencia femenina ha sostenido el tejido cultural del país, no desde los grandes presupuestos ni desde los titulares, sino desde la cotidianidad, la persistencia y el amor por la cultura. En un contexto donde la cultura suele ocupar el último lugar en las prioridades institucionales, ella la ha colocado en el centro de su vida. Ana Iris no solo ha dirigido un centro cultural: ha liderado una revolución silenciosa, tejida con arte, memoria, dignidad y, sobre todo, con mucho amor.







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