Me llamo Marta. Soy de un pueblo de Toledo, de Sonseca. Provengo de una familia humilde donde siempre se ha tenido muy claro la importancia del trabajo, la perseverancia y la lucha constante por los sueños. 

Con esta ética, me convertí en profesora de inglés, una profesión que sorprendentemente siempre tuve clara desde que era muy pequeña. Recuerdo cómo, incluso sin ser plenamente consciente de lo que implicaba, ya sentía esa inclinación por enseñar, por explicar, por acompañar a otros en su aprendizaje. De hecho, creo que mi mayor pasatiempo era dar clases particulares a familiares. 

Sin embargo, nunca fui una profesora que se conformara con dar el contenido. Esta forma de entender la educación me llevó a no conformarme con los estudios necesarios para ejercer, sino a buscar una visión más amplia, más internacional, con un objetivo claro: formar a nuestro alumnado para que tenga herramientas que le permitan desenvolverse en la sociedad globalizada en la que vivimos. No solo comprendiendo su entorno, sino también lo que sucede a nivel mundial, desarrollando la empatía como herramienta esencial para formar ciudadanía consciente,  capaz de entender que el cambio también empieza en cada uno de nosotros.

A medida que avanzaba en este viaje vocacional como es la educación, empecé a darme cuenta de que muchas de las cosas que realmente importan en educación no siempre aparecen en los libros ni en los planes de estudio. Aprendemos metodologías, conceptos, teorías… Pero, en muchas ocasiones, nos falta lo más importante: saber cómo llevar todo eso a la realidad del aula, a las personas concretas que tenemos delante, con sus historias, sus ritmos y sus circunstancias.

Esa distancia entre lo que se aprende y lo que se vive es, en parte, lo que ha despertado en mí la necesidad de seguir buscando, de seguir cuestionando y de no dar nada por sentado. Porque enseñar no es explicar, sino adaptarse constantemente, escuchar, observar y aprender también del propio alumnado, que es del que más aprendemos sin lugar a duda.

Soy fiel creyente de que lo que defendía Nelson Mandela – que la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo- es una realidad. Pero también creo que esa afirmación implica una gran responsabilidad. No basta con repetirla, hay que preguntarse qué significa realmente y cómo se traduce en lo que hacemos cada día dentro y fuera del aula. Porque sí, el trabajo de un profesor no acaba cuando terminan sus clases. 

En este camino, también he comprendido que la educación no puede entenderse como algo aislado. No ocurre solo en un aula ni depende únicamente del profesorado. Es un proceso compartido, en el que intervienen muchas personas: el alumnado, las familias, el entorno… Todos ellos forman parte de una realidad compleja que influye directamente en el aprendizaje. Entender esto cambia la manera en la que miramos nuestra propia práctica.

En este espacio, compartiré mi experiencia y reflexionaré sobre conceptos que aparecen siempre en la formación docente, pero nunca nos explican cómo ponerlo en práctica. Unos conceptos que nunca se puede entender del todo si nos conformamos solo en la formación “básica” y si sólo nos forman desde una perspectiva, cuando la comunidad educativa también la componen padres, alumnado y el contexto. 

No pretendo dar respuestas cerradas ni fórmulas universales. De hecho, una de las cosas que más he aprendido es que, en educación, las certezas absolutas son pocas y lo que te funciona con un alumnado, con otro puede ser la peor decisión que hayas tomado. Lo que sí creo es en la importancia de generar espacios donde podamos pensar, compartir experiencias y cuestionar lo que hacemos sin miedo.

A lo largo de este proceso, también he aprendido que muchas de las inseguridades que sentimos como docentes forman parte del propio camino. La sensación de no estar haciéndolo lo suficientemente bien, de no llegar a todo o de no tener siempre la respuesta adecuada es más común de lo que parece. Sin embargo, lejos de ser un obstáculo, creo que es precisamente ahí donde reside una de las mayores oportunidades de crecimiento. Aceptar que no lo sabemos todo nos permite mantenernos en constante aprendizaje, cuestionarnos y mejorar. Porque, al final, educar también implica aprender a convivir con la duda y convertirla en motor de cambio.

La realidad es que una educación de calidad puede ser más accesible de lo que pensamos si contamos con las herramientas adecuadas y si, además de estas herramientas, estamos dispuestos a replantearnos nuestras propias ideas y a salir de nuestra zona de confort. Porque, en muchas ocasiones, el cambio depende solo de pequeñas decisiones cotidianas.

¿Qué mejor manera de avanzar en ello que creando un espacio donde hablar de educación? Un espacio donde detenernos, reflexionar y dar valor a aquello que muchas veces pasa desapercibido, ya sea por falta de tiempo o por falta de atención, en el día a día.

Porque, al final, la educación también es eso: compartir, cuestionar y construir en equipo.

Hagamos de este un espacio seguro.

Sembremos juntas semillas para una sociedad más empática.

Bienvenidas y bienvenidos.

Con cariño,

Marta Martín de Vidales Martín

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