Ricardo Iván González Vega

María del Rocío Sánchez Rico

Carmen Lizette Del Toro Sánchez

Ernesto Ramírez Briones

El uso de la flora con distintos fines, se remonta a los inicios de la humanidad. Desde tiempos ancestrales, los paisajes no sólo fueron escenarios físicos; actuaron como un laboratorio donde se experimentó con las plantas presentes para su uso como alimento, medicina, obtención de fibras y ritual, convirtiéndose en una memoria viva que se trasmite de generación en generación. Esta memoria vegetal permite conservar el vínculo naturaleza, cultura, dando identidad y voz a los actuales usuarios de este conocimiento. En México, se ha reconocido un conocimiento profundo y gran respeto por el uso de las plantas, que incluso ha quedado plasmado en códices. De manera particular para el occidente de México, en la región de los Valles de Jalisco, (fig 1) se ha documentado el aprovechamiento de hasta 100 especies vegetales, derivado de su localización en una franja de transición ecológica entre zonas templadas y cálidas, con lluvias estacionales marcadas y altitudes que varían entre 1,300 y 1,500 msnm.

Este paisaje alberga una biodiversidad vegetal notable, tanto silvestre como cultivada. Una de las plantas locales que ha generado identidad regional es el agave azul, que mucho antes de convertirse en un monocultivo, representaba una planta de valor biocultural, Por otra parte, variedades de maíz, ciruela, y plantas como el Chan o el Ahuilote (fig 2.) se han reconocido por generar un valor no solo como recurso si no como una matriz de sentidos. Diversos estudios a las plantas de la región desde una mirada cultural han permitido ir descifrando su significado y alcance, en la integración de comunidades a través de la gastronomía, salud, ritualidad, agricultura y conservación; basándose en estudios arqueobotánicos realizados en la zona de los Guachimontones y Oconahua.

Frutos de ahuilote para corte.
Fuente: Ernesto Ramírez
Briones (2024)

Etnobotánica de los Valles de Jalisco

Los Valles de Jalisco comprenden una región del estado, en torno al volcán de Tequila, integrada por los municipios de Ameca, San Martín de Hidalgo, Tala, Etzatlán y Ahualulco de Mercado. Su posición en el extremo occidental del eje volcánico mexicano, permite encontrar una gran biodiversidad debido a la función que ejerce el eje como un corredor de dispersión de organismos.

Tradicionalmente, la región estaba relacionada con un medio lacustre, similar a las chinampas del centro de México, especialmente durante la época prehispánica, sin embargo, poco a poco, debido a la influencia humana ocurrió una transición hacia terrazas, rotación de cultivos y agro-ganadería, quedando limitados los sistemas lacustres solo en la porción Sur de los Valles. Actualmente los ecosistemas principales de la región están clasificados como selva baja caducifolia, zonas semiáridas y bosques de pinoencino, de donde se obtienen una gran cantidad de recursos vegetales para su aprovechamiento tal como se hacía desde épocas ancestrales, de forma silvestre o cultivada; destacando ciruelas, guamúchil, ahuilote, chan, camotes, jarilla entre otras. Sin embargo, amenazas actuales como el cambio climático, la expansión de monocultivos (fig 3) y la pérdida de hábitats naturales ponen en riesgo esta diversidad vegetal que disminuye su aprovechamiento y consumo con excepción del agave.

Impacto de los monocultivos en la región Valles de
Jalisco. Fuente: Eptli Lamas Varela (2024)

Saberes tradicionales y Revalorización actual

Las prácticas agrícolas en terrazas y la recolección silvestre evocan una memoria vegetal tejida con sororidad y comunidad. Plantas como el ahuilote, la ciruela, el camote y el maíz dan vida a preparaciones culinarias que resguardan identidades locales, mientras las festividades refuerzan el vínculo simbólico con la tierra. A través de la enseñanza oral y la práctica cotidiana, las familias rurales conservan estos saberes, transformando la relación con el entorno en un acto de resistencia, memoria viva y cuidado colectivo.

Iniciativas recientes incluyen la creación de jardines etnobiológicos, huertos escolares o comunitarios, reforestación con especies nativas y ferias gastronómicas que exploran nuevos y viejos sabores con productos de la región. Así a través de cada planta cultivada o reintroducida se preserva una historia, una práctica agrícola y una memoria colectiva que dialoga con los desafíos del presente. Muchas de estas especies de uso tradicional, olvidadas por la agricultura industrial que demanda grandes cantidades de insumos, vuelven a tener un papel central en la construcción de una economía más justa y sustentable. Así en los huertos escolares y ferias gastronómicas se aprende de biodiversidad y se garantizan alimentos sanos y una conexión profunda con la tierra. Lo que impulsa una visión de futuro donde la ciencia, la tradición y la comunidad trabajan juntas para sembrar bienestar, autonomía y esperanza en el corazón de los Valles de Jalisco.

Guardianes del conocimiento

En los patios, cocinas y parcelas, las mujeres rurales se erigen como verdaderas custodias de la cocina tradicional, de la medicina a base de plantas y del resguardo de semillas nativas que sostienen la biodiversidad alimentaria de la región. Su papel va más allá del ámbito doméstico; son investigadoras empíricas que junto a campesinos han impulsado prácticas agrícolas sostenibles, impulsando el intercambio de saberes y la creación de redes agroecológicas que integran el conocimiento tradicional con principios científicos contemporáneos. Manifestando una nueva forma de ciencia ciudadana, donde la observación y la experiencia cotidiana se convierten en instrumentos para reconstruir la soberanía alimentaria y fortalecer la economía local. Estos proyectos no solo generan alimentos, sino también esperanza, cohesión y autonomía. Su impacto trasciende la conservación, se proyecta hacia la creación de modelos sostenibles que combinan innovación tecnológica, equidad de género y respeto por los ecosistemas. Así, el conocimiento heredado de las comunidades rurales se convierte en un motor de cambio que abre paso al siguiente horizonte: el valor tecnológico y la soberanía alimentaria, donde tradición y ciencia convergen para garantizar un futuro sostenible.

Soberanía alimentaria y proyección futura

La fusión entre tradición y ciencia permite transformar la herencia etnobotánica en propuestas de alto valor agregado, como alimentos funcionales, bioproductos y preparados fitoterapéuticos que rescatan el potencial curativo y nutricional de las especies nativas del occidente de México (Fig 4.) La investigación aplicada en universidades locales ha identificado compuestos bioactivos en plantas tradicionales, con propiedades antioxidantes, antiinflamatorias y reguladoras del metabolismo, abriendo la puerta a nuevas aplicaciones en la industria alimentaria, farmacéutica y cosmética. Este diálogo entre saber popular y biotecnología no busca reemplazar las prácticas tradicionales, sino fortalecerlas, reconociendo su vigencia en un contexto global donde la soberanía alimentaria se erige como un pilar de la seguridad nutricional y la resiliencia social. Las alianzas entre comunidades, instituciones académicas y el sector productivo son hoy fundamentales para construir una economía local basada en la innovación sustentable y en el respeto a los ecosistemas que le dan origen.

Trabajo de laboratorio en pro del
rescate biocultural. Fuente: Eptli
Lamas Varela (2024).

En este sentido, la etnobotánica adquiere una dimensión social y sanitaria: sus aportes no solo fortalecen la identidad cultural, sino que contribuyen a la salud pública mediante el aprovechamiento responsable de plantas con potencial preventivo frente a enfermedades crónicas como la diabetes, la obesidad o las cardiovasculares. Promover una alimentación saludable basada en productos locales es también una forma de resistencia ante la homogeneización alimentaria global. Las experiencias surgidas en los Valles de Jalisco demuestran que el conocimiento tradicional, lejos de ser un vestigio del pasado, constituye una vía hacia el futuro: un futuro donde la tecnología y la memoria se entrelazan para generar bienestar, sostenibilidad y orgullo regional. Recordándonos que en cada planta redescubierta habita no solo un sabor del presente, sino también la promesa viva de un mañana más consciente y equilibrado.

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